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Mis cosas

Momento de debilidad.

La reina de los chupitos mira la botella de vodka largamente,sopesando si sustituir las pastillas esta noche por una sesión de alcohólica sumisión. Finalmente, decide cambiar el vodka por Lanjarón. Total,tampoco toma pastillas. La única que esconde desde hace casi un año para casos extremos sigue ahí. Por si acaso. Hay que pasar esto con mucha agua y un par de huevos, lo repite como un mantra.

Luego se conecta a su canal de youtube con sus auriculares y pone en modo reproducción automática cíclica la canción que encontró y que le provocó la crisis.Deja que fluyan los sonidos de  rasgueos y golpes de púa sobre la guitarra acústica,invadiendo sus venas, y la reina de los chupitos siente comprimirse su corazón hasta ser del tamaño de una nuez. Los pulmones se expanden y canta a voces en silencio,abriendo mucho la boca,como a ella le gusta cantar,dejando que el aire mudo salga de sus entrañas a través de su pecho y su garganta,como si se llevara consigo todo lo que no puede seguir soportando dentro de sí. Y tiembla como una hoja y deja caer regueros de lágrimas que parecen no tener fin.


Tumbada en posición fetal en el sillón verde que hace tres días adoraba,esta noche se siente pequeña,y quiere evitar fiestas,como la canción. Quiere huir,a pesar de que no puede,y lo intenta,y llora, a pesar de que sólo rime en inglés.Llora porque recuerda esa reina de hace veinticinco años, ya no volverá, ya no es la misma chica intensa que reía,bailaba y amaba. Porque ha perdido la capacidad. Ha perdido la esperanza de sentir. Porque ya sólo queda la supervivencia .Ni eso le importa.

 Sube a lavarse los dientes y a meterse en la cama,rezando para que algún día se levante con una sonrisa en la cara y no con profundos surcos violáceos debajo de los ojos.





Las cajas.


Según cuenta una antigua leyenda rusa, se cree que los seres humanos poseen en su cerebro un mobiliario completo de armarios llenos de cajones.
Estos cajones se hallan dotados de una serie de cajas de cartón, cuyo interior alberga otras más pequeñas, de madera, cerradas a cal y canto y aseguradas con fuertes candados de metal.

Cuando conocemos a una persona, las cajas se van liberando de sus encierros, exponiendo todo su contenido, que va desde los recuerdos de la niñez hasta los más ocultos e indesvelados secretos, según el nivel de confianza que adquiramos con la persona portadora de ellos.

Irina conoció a su marido Alik en una fiesta organizada por sus padres, y poco a poco, comenzaron a entablar amistad.
Irina condujo a Alik a la estancia que correspondía a su cerebro, y a lo largo de los días, semanas y meses,fue mostrándole cada cajón, abriendo cada urna de madera, y muy despacio, iba soltando las ataduras de los candados, para enseñarle a su prometido los tesoros que allí se encontraban recluidos.

Alik, por su parte, llevó a Irina a su propio cerebro, le puso una silla detrás de ella y le indicó que tomara asiento y mirase aquello que gustara.

Así hizo ella, día tras día, abrió los cajones, destapó las cajas , pero se topó con la barrera inexpugnable de los candados, imposibles de franquear.

Irina permaneció sentada en la silla pacientemente durante años, pero las cajas continuaban cerradas.

Cansada del hermetismo de su marido, lo abandonó, encontrando al poco tiempo a Uleg, un hombre alegre de sonrisa franca.

Uleg guió a la mujer hacia su cámara, la sentó en un cómodo sillón y le fue abriendo cada caja y explicando su contenido mientras lo ofrecía con delicadeza, pues era lo más valioso que poseía.
Cuando Irina hizo lo mismo, fue muy respetuoso y comentaban juntos todos los pormenores de aquellos cofres. 

Durante meses, las estancias estuvieron desordenadas, con pensamientos y sentimientos tirados por los suelos, encima de los armarios, puestos de cualquier manera, hasta que poco a poco, entre los dos, volvieron a colocar ordenadamente hasta el más mínimo resquicio de recuerdo olvidado.

De forma que, cuando pasaron los años, tanto ella como él conocían la estancia del otro, todo lo que había en su mente, y dónde se hallaba ubicado.

Habían llegado a tal nivel de confianza con el otro y compartían tantas cosas, que con sólo mirarse sabían qué idea rondaba por su cabeza o los sentimientos que conmovían sus corazones.

Y esa es la teoría de las almas gemelas, originaria de una pequeña aldea de la estepa rusa.





Vendaval.


El viento agitaba las ramas  de las coníferas violentamente, tanto, que el estruendo que generaba se asimilaba más a una tormenta  marina que a una borrasca de final de verano en  una zona residencial de una villa de interior. La noche era negra, fría y llena de ruidos escalofriantes, los árboles provocaban una confusa mezcla de rugidos, tales como el estrépito de las olas estrellándose contra las rocas, el viento aullando entre acantilados o de un tornado en alta mar.
En la calle, una línea de viviendas se alzaba sobre una cuesta, sólo se veía el triste halo de unas exiguas farolas, ofreciendo una imagen desolada de conjunto que no casaba con la verdadera apariencia de la zona cuando era iluminada por la luz diurna.
Le costó mucho esfuerzo conciliar el sueño, tuvo que recurrir a la infusión de valeriana y, como ésta no hizo el menor efecto, ingirió dos comprimidos de su hipnótico habitual. Las noches de temporal le aterraban, en especial cuando estaba sola. Su marido tenía turno de noche, estuvo tentada de pedirle que cambiara la guardia con un compañero, pero a última hora se echó atrás, avergonzada por su propia debilidad.
Una sirena sonó y le hizo despertar nerviosa, alterada”algo no va bien, pero ¿el qué?” Hasta que cayó en la cuenta de que era la alarma de su propia casa. ” ¡Dios! ¡Alguien ha entrado! ¡Y estoy sola!
El teléfono emitió un débil zumbido: “¡la centralita de la empresa de seguridad!”.
La voz al otro lado del teléfono era la de una chica, suave, tranquilizadora. Con todo su cuerpo temblando, intentó concentrarse para poder comunicarse con la voz.   Le contó que había sonado la alarma, pero que no sabía si había entrado alguien. Tenía miedo y no quería bajar la escalera para comprobarlo. La chica de la empresa de seguridad le recordó que su sistema poseía  sensores de  movimiento y sensores infrarrojos, que detectan los cambios de temperatura, así que sólo tendría que desconectar la alarma y luego volver a conectarla, sin moverse. Así, si el intruso seguía allí, volvería a sonar, y mandarían a alguien, si no sonaba podía bajar, ya que eso indicaría que no había peligro, siempre que desconectara la alarma antes, ya que su presencia haría que se activara la sirena otra vez.
Hizo lo que le pidió, y comprobó aliviada que no volvió a sonar.
 Bajó las escaleras, con el teléfono inalámbrico en la oreja en dirección a la cocina.
Al llegar allí, comprobó  avergonzada, la causa de todo el alboroto. Una ventana se había quedado abierta y  las oleadas de aire frío que entraban en la cocina, hacían moverse la cortina, activando los sensores de movimiento, y  los sensores infrarrojos habían detectado el cambio de temperatura.
Se disculpó con la chica, adjudicando la causa de su  despiste a su nerviosismo por la tormenta, la chica no le dio mayor importancia. “Debe estar acostumbrada a este tipo de situaciones estúpidas” pensó. Se despidió agradecida por la calma que le había proporcionado y colgó.



Cerró la cristalera de la cocina y puso agua a calentar para tomarse otra infusión. Le apeteció fumarse un cigarrillo, pero no quería que permaneciera el olor en la cocina, su marido era estricto con el tema del tabaco y no quería olores desagradables en casa, así que fue a abrir la ventana de nuevo.
En el reflejo del cristal apareció un brillo metálico. No le dio tiempo a comprobar de qué se trataba antes de que algo le apretara la garganta con fuerza y le arrastrara hacia atrás. Sintió dolor en los talones de sus pies descalzos  mientras intentaba incorporarse sobre el frío revestimiento del suelo.
Después, oscuridad absoluta.



2 comentarios:

  1. Y después de la oscuridad qué????? Por Dios!!!!!!

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    1. Continuará en próximas entregas, querida amiga...jajaja. Gracias por el comentario. Besos.

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